JUPITER Y JUNO

La relación entre Júpiter y Juno en la mitología romana

Júpiter era dios de dioses para los romanos, jefe del panteón y protector de la antigua Roma. Su nombre completo hace gala de su magnificencia: Júpiter Óptimo Máximo. Igualmente, era el dios del cielo y del trueno, portaba un gran rayo resplandeciente para mostrar su inmenso poder. 

Al igual que Zeus, deidad griega con la que se le sincretiza, observa al mundo y a los mortales desde las alturas y tuvo numerosas amantes a lo largo de su vida. Se desposó con Juno, diosa romana protectora del matrimonio, la familia y la descendencia, con ella engendró varios hijos, que se convirtieron en dioses.

La relación entre ambas deidades del panteón de la mitología romana estuvo signada por las travesuras amorosas de Júpiter y los celos de Juno.

 

 

 

 

Hijos de Saturno y Ops 

Cuenta un antiguo mito romano que Júpiter era hijo de Saturno, dios de la agricultura, y Ops, diosa de la riqueza y la abundancia. Tenía dos hermanos y dos hermanas. Saturno estaba tan preocupado de que sus hijos intentarán quitarle su poder que se los comió, tragándoselos a todos de un solo bocado.

Ops logró burlar a Saturno, engañándolo para que comiera una roca envuelta en tela en lugar de Júpiter. Cuando el dios se tragó la roca, vomitó y expulsó a los cuatro hermanos. Como era de esperar, estaban muy molestos con su padre, así que lo derrocaron, cumpliendo así sus peores temores. Juntos, los hermanos se repartieron el universo, con Júpiter al mando.

Él, el más poderoso, tomó el cielo, Neptuno el océano y Plutón el inframundo. Así como dos hermanas: Juno, diosa de la fertilidad, y Ceres, diosa de la agricultura. Júpiter era temible y le encantaba imponer su autoridad. Desde el Monte Olimpo lanzaba rayos, creaba atronadores truenos y fuertes aguaceros, y en general ponía nerviosos a los demás dioses. 

 

Una tumultuosa relación marcada por infidelidades y celos

Juno jugaba un papel fundamental en la vida de los romanos, en particular en la de las mujeres. Era la protectora del matrimonio, velaba por sus sagrados vínculos. Las futuras madres rezaban por su bendición para un embarazo y parto seguros, y las madres imploraban por su favor para asegurar una abundante y nutritiva lactancia. 

Su presencia divina se imponía en la vida cotidiana, guiando a los romanos en los momentos más profundos del matrimonio, la maternidad y la familia. Junto a Júpiter, su hermano y esposo, regía en el Monte Olimpo. Aun cuando en muchos sentidos los dioses romanos eran seres divinos, en otros compartían sentimientos y emociones similares a los de los mortales, y Júpiter y Juno no eran la excepción.

Juno soportaba la pesada carga de la incesante infidelidad de su esposo Júpiter. Sus múltiples relaciones, tanto mortales como divinas, ensombrecían su relación matrimonial. Júpiter no le temía a nada, excepto a su esposa, quien era muy celosa. Y al dios de dioses, le encantaba hacer travesuras amorosas para no aburrirse. 

Para ocultarlas de su esposa, cubrió la tierra con grandes y espesas nubes, pensando que Juno no podría descubrir sus andanzas y amoríos. Pero, la diosa de la fertilidad era muy astuta y no tardó en sospechar lo que podría estar ocurriendo bajo esas nubes.

 

 

 

El castigo de Ío, una de las amantes de Júpiter

Muchas de las amantes de Júpiter se enfrentaron a la ira de Juno, a menudo transformándose en animales u otros seres. Estos castigos reflejaban su dolor y rabia por las indiscreciones de su esposo. Una de ellas es la historia de Ío, una sacerdotisa del templo de Juno, de la cual se enamoró profundamente Júpiter. 

Ío poseía belleza digna de admirar. Y un día, mientras estaba sentada a la orilla del río, su hermosura atrajo la atención de Júpiter, quién descendió del Monte Olimpo para enamorar y convertir en su amante a aquella mujer. 

Para ocultarla de su esposa, el dios del cielo reunió una gran cantidad de nubes oscuras y transformó a Ío en una novilla. Pero Juno notó una repentina acumulación de nubes negras al mediodía y decidió ir a investigar. Al disiparse las nubes, solo vio a su esposo acostado a la orilla del río junto a una novilla.

No obstante, la diosa de la fertilidad conocía muy bien los ardides de su esposo, por lo que sospecho que utilizaba una novilla para ocultar una bella mortal. Decidió no increpar a Júpiter, lo que hizo fue pedirle aquella novilla como regalo. El dios del Olimpo para no despertar sospechas le regal a su esposa a Ío convertida en novilla. 

Como no quería que Júpiter se acercara a su amante, Juno ordenó a Argos, su fiel sirviente de cien ojos que nunca se cerraban a la vez, que cuidara a la novilla de día y de noche. Y así durante mucho tiempo la sacerdotisa vivió como una verdadera novilla. 

Júpiter decidió liberar a Ío, para ello envió a su hijo Mercurio a que le contara las historias de sus viajes a Argos, hasta que este se aburriera y se quedara dormido. El plan funcionó y la sacerdotisa fue puesta en libertad. No obstante, Ío seguía siendo una novilla.

No mucho tiempo después del escape, Juno se enteró de lo ocurrido y envió un tábano feroz para que aguijoneara la piel de Ío hasta el fin de los tiempos. Júpiter, al ver su miseria, le rogó a su esposa que dejara en paz a su amante. ¡Le juró que nunca la volvería a ver! Y con ese voto, Juno liberó a Ío.

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